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martes, 9 de febrero de 2010

Dependientes

Cada vez que voy a piiiiiiiiiiiiiiii me sucede lo mismo, me introduzco cual espía en la mente de los sedientos dependientes. Entro por su mirada sibilina y permanezco un tiempo en su alma. Hasta que tengo que vomitar y salgo. Sus reflexiones son interesantes, cuanto menos:

"Ahí viene un billete de quinientos. Da gusto verlo. Elegante, decidido, majestuoso, importante. Ante él se arrodilla cualquiera, ¡cualquiera! No como ante esos de ahí, los que bucean entre la ropa amontonada: tristes cincuenta, que se pasean los fines de semana haciéndose los interesantes para ni siquiera probarse nada. ¡Qué asco dan! ¡qué asco! Dan tanto asco, o más incluso, que Pedro, mi compañero de sección. Un lameculos de la ostia. Ya nos lo explicaron el primer día que entramos, llegareis muy lejos todos, a viva voz en grito. Mientras por lo bajini y entre tosidos explicaban: si sois los que más apuñaláis, claro. Es el truco, los dependientes matamos por subir, aunque yo lo estoy dejando. ¡Coño, un billete de doscientos con cara de pardillo!"

lunes, 25 de enero de 2010

Más claro, impossible (con marcado acento inglés)

Iconoclastas reclutados. Abominables ideales mantecados. Indecorosas réplicas de lo nunca visto, como aquel que dice, sin ni siquiera saberlo, la frase final de un diálogo bergmaniano. Mantenida sobre la colcha de nube, observadora de la realidad más pesadumbrosa, atenta al devenir de los acontecimientos, aparece con su guadaña hipertérrita Ella. Espectante del futuro. Incierto, en cierta manera. Dependiente de sí, independiente de lo demás. Nadando sobre burbujas de cristal turquesa, imitación falsa de lo vívido, de lo vivido. Especialmente sin razón de ser. Porque todo es posible. Incluso yo. Y como muy bien sabes, y yo te recuerdo, incluso tú.